miércoles, 4 de abril de 2012

Breve nota

¿De verdad no he escrito nada desde noviembre del 2011? Eso dice la historia de este blog, que no creo tenga el don ni el defecto de la mentira. Lo curioso es que me sorprenda -el no haber escrito-, porque en realidad sí he dejado correr las palabras en otros sitios. Y he pintado, bueno, dibujado más. Tal vez lo que me extraña es cómo se va el tiempo, cómo se siente distinto, cómo he aprendido tanto y avanzado tan poco. Querida ciencia que busca explicaciones simples pero que para llegar a ellas a veces sigue las rutas más intrincadas. Parsimonia en los dos sentidos de la palabra.

martes, 8 de noviembre de 2011

Atrapar las nubes

Yo era una niña pequeña la primera vez que fui a la Sierra Norte de Puebla. Recuerdo despertar de un sueño de carretera para abrir los ojos a una realidad que ni mi imaginación ni mi asombro  conocían. “Alis, asómate a ver la niebla”, dijo uno de mis padres. Lo que siguió fueron mis mil preguntas y la explicación entorno al llano hecho de que estábamos dentro de una nube. Íbamos despacio. Los faros acobardados de alumbrar más de tres metros adelante. La carreterita sinuosa dibujando el perfil de la barranca abrupta. De repente, entre claros de cielo, el perfil de los árboles en la cima de montañas al otro lado, como islas flotantes. A mí nadie me había dicho que se podía estar así dentro de una nube y era lo más fantástico que me había ocurrido en mis larguísimos años de vida.
    Tenía en las manos el huevito de plástico que venía dentro del huevito de chocolate con sorpresa adentro. Clásico de la infancia. El coche estaba detenido. Desde la media ventana que me permitía bajar el seguro para niños saqué mis manos con el contenedor de plástico abierto. Después de unos segundos lo cerré y guardé mi tesoro sin mencionar palabra alguna hasta días después.
    Días después, ya de regreso en la Ciudad de Puebla, lo que conté fue en medio del llanto y la más pura de las desilusiones. Mi intensión en aquella carretera era atrapar un pedacito de nube, guardarlo en el huevito de plástico para liberarlo luego en mi cuarto. No sería una nube muy grande, ciertamente, pero sería linda. Me la imaginaba yo bien alto, casi tocando el techo y moviéndose de vez en vez de una esquina a otra con el viento. Pero en vez de eso, cuando separé las dos piezas naranjas del contenedor, lo único que había era un par de tímidas gotas de agua. Por eso, más tarde en algún momento de la escuela, me quedó clarísimo el ciclo hidrológico, aunque admito que aprendí con cierto rencor el término condensación.
    El fin de semana pasado venía contando la anécdota al asomarme al camino de neblina que recorríamos en algún lugar cerca de Zacatlán. Al día siguiente Piedras Encimadas nos recibió con un día despejado y el esplendor de su valle. Nos recibió también con la bienvenida profesional de una muchacha de sonrisas naturales. Teníamos tanto tiempo sin ir como años tiene mi hermana menor, que son ya trece. Contrario a lo que uno cree que va a pasar siempre con los paraísos naturales, Piedras Encimadas ha mejorado, y bastante. En primer lugar, la deforestación, que era evidente, descarada, trágica y respondía a la necesidad de la gente que no tenía otro modo de ganarse la vida, ha disminuido. No sólo eso, el monte ha vuelto a cubrirse de bosque. Por todos lados se ve repoblación natural de pinos y encinos que crecieron tan sólo con quitar el ganado de sus renuevos, y además se nota la reforestación, sobretodo con Pinus patula y sus hojas lloronas. “Los programas de reforestación empezaron por ahí del 2002 y siguieron hasta el 2008, ahorita es cuestión de esperar a que amarren” Me respondió Jorge atento a mi entrevista. Jorge es caballerango y guía. Una de las 70 personas que trabaja para la asociación civil que lleva el parque y que está conformada por ellos mismos, es decir la gente de la región, aunque el predio sea propiedad de Gobierno del Estado. Nos dio el recorrido completo. Cada piedra con forma de algo: la paloma, el camello, la madre y el niño, la tortuga, el caracol, el rostro, el perro y los que se ocurran, como si aquello fuera jugar lotería. También nos habló del Mesozoico y la erosión con la seguridad con la que a mí me da por hablar del Pleistoceno en este blog.
    Digo todo esto porque si alguien fue a Piedras antes del 2000 recordará que se oía en el trasfondo siempre el rugido de las motosierras, y que el turismo era la irresponsabilidad del visitante que se subía y pintarrajeaba todas las piedras y el oportunismo de la gente local que compitiendo entre sí se ofrecía a rentar un caballo que podía correr desbordado sin problema o a vender una quesadilla en un plato desechable que terminaría en el suelo. No niego que escalar las piedras tenía su encanto, pero la realidad es que a como iban las cosas el valle iba pronto a sufrir los estragos irreparables de la sobreexplotación y erosión humana. Y sin embargo me parece que la situación cambió para bien. Todo la gente que nos atendió está perfectamente bien capacitada y cumple una función específica. La visita se puede hacer a pie, a caballo, en bicicleta o en carreta. Hay guías, zona de acampado, tirolesa (fenomenal), área de alimentos, basureros, sanitarios. Todo organizado, todo delimitado entorno a un plan que no cayó en parque de atracciones ni en caminos de cemento. En una palabra: bien.
    Pero ahí no acaba mi historia. Visitamos también La Cascada de Tulimán, que está poco después de la de Quetzalapa, siguiendo por el mismo camino. Yo nunca había ido. El proyecto tiene cinco años que abrió al público. Admito que la organización y profesionalismo de la gente me sorprendió aún más que en Piedras Encimadas. Desde el primer señalamiento a la orilla de la carretera un joven recibe con toda la amabilidad y avisa por radio que va a bajar una camioneta. El sendero a la cascada está bien planeado. Las otras actividades que se pueden realizar responden al mismo orden. Zona de acampado, tirolesa, escalada de árboles, rapel y senderos por paisajes que se prenden en la piel: la cascada, la convergencia de dos ríos y las aguas minerales en lajas labradas por el tiempo.
    El proyecto emplea a 50 personas en temporada alta, todas del ejido Tulimán al que pertenecen las tierras y el proyecto mismo. Cincuenta del total de 80 habitantes. “Éramos pueblo de madereros hasta que se fue viendo que estaba muy bonito y que el turismo podría rendir más, sin tener que talar el monte” Me cuenta uno de los jóvenes que atiende los caballos. Una parte de mí se pregunta si no será discurso aprendido para encantar al turista. Pero no parece. Vamos bajando. Al otro lado se ve la cicatriz de un deslave que ya se repobló de árboles. David tiene once años y no vivió las Lluvias del 99, pero me cuenta que se murió mucha gente. A mí me gusta poner como ejemplo de servicios ambientales cómo el bosque es clave para sostener el suelo en una topografía tan abrupta.
    El sendero para bajar a la cascada es húmedo. Vamos por una de esas cañadas con elementos mesófilos. Los encinos se cubren de epífitas, y helechos verde brillante salen entre el musgo de las rocas. El sonido del agua se escucha desde el principio, pero es sólo al darle la vuelta a una última loma que puede contemplarse, así de golpe, la caída de agua que salta violenta y grácil desde trescientos metros arriba. Parte del líquido detiene su carrera algunos segundos en pozas gris azulado, pero la mayoría escurre sin freno, como si llevara prisa por esculpir más las montañas, por asomarse desde el fondo de la barranca y su clima casi tropical hasta la cima de las colosas y sus pinos preparados para el frío. Y es así, en medio de la vorágine, que las aguas de tanto caer vuelan, y las gotas diminutas se salen del cauce del río, lo envuelven y lo mojan todo, son casi niebla, blanco que envuelve la cascada y sigue moviéndose, como para recordarme que las nubes no se atrapan en frasquitos de plástico sino que se dejan sueltas para que hidraten la serranía.

   

(de verdad no se lo pierdan, está a dos horas y media de la Ciudad de Puebla).

lunes, 19 de septiembre de 2011

El Pingüino, un mes después

Soy un desastre. No me queda mas que pedir disculpas a quién incauto se asome a este solitario blog, y que regañarme a mi misma de nuevo por la falta de disciplina. Esta vez mi excusa es que mi computadora abandonó la tierra de la funcionalidad, se rompió toda la rutina que ya tenía armada y se perdió una entrada de blog que tenía en borrador. Aquí va un mes después de lo que debería.

El doce de julio falleció Alfonso Serrano. Nunca lo conocí en persona, sólo de apodo (El Pingüino) y de alguna conferencia que atendí. Era físico. Conozco bien a otros dos (grandes) científicos que eran cercanos a él. Sé que la noticia de su muerte les dolió y uno mis condolencias con la impotencia de todo consuelo.

El Pingüino y yo tenemos en común a la Sierra de La Negra, Tliltépetl en la voz nahua. Esa montaña, volcán, que parece pequeña sólo porque acompaña a la elevación más alta de México, el Citlaltépetl. Ambas corazón del Área Natural Protegida Parque Nacional Pico de Orizaba, un importante remanente de bosque de coníferas y encinos que con la altitud aparece en medio de un clima desértico. Hermoso e irreal fenómeno, laboratorio evolutivo, aunque tan común le parezca a nuestros ojos mexicanos acostumbrados al surrealismo.



El pasado abril subí ambos colosos para colectar muestras de Juniperus monticola, Pinus hartwegii, Eryngium proteiflorum y Cirsium ehrenbergii, especies que terminaron por crecer a más de 3500 msnm por perseguir al frío. Antes, durante los períodos glaciales,  se distribuían más abajo, pero tuvieron que subir cuando el clima se calentó en el periodo interglacial que es el presente nuestro. O por lo menos esa es la hipótesis base de mi estudio, ya veremos que deparan los resultados. El punto es que el pasado abril estuve ahí, siete años después de haber ido en una excursión como parte del Taller de Ciencia para Jóvenes que organiza el Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica (INAOE).

Y es que en la cima de La Negra, a 4581 msnm, se levanta el Gran Telescopio Milimétrico (GTM). El más grande y más sensible radio telescopio en su tipo: una antena de 32 m de diámetro (pronto será de 50) que sirve para realizar observaciones astronómicas en ondas milimétricas. El proyecto es una colaboración binacional entre el INAOE y la Universidad de Massachusetts Amherst. Empezó en 1997 con la selección de la montaña y la básica, pero complicada, tarea de construir un camino que soportara la maquinaria pesada que tendría que subir hasta donde se siente la falta de oxígeno. Si hacer una casa en medio de la civilización implica todos los contratiempos que los arquitectos conocen, y levantar un segundo piso de periférico acarrea toda la problemática que el DF sabe relatar, imaginen lo que fue construir allá arriba 37 pilares anclados a una profundidad de 20 m y una rotonda subterránea hueca de 40 m de diámetro y 6 m de profundidad. Luego un cono de concreto hueco de 15 m de altura, en cuyo ápice finalmente se ancla el pivote que soporta al telescopio, la antena de 50 m de diámetro.



Al ahora guardia de la caseta de vigilancia en las faldas del volcán, le tocó trabajar en la construcción hace unos años. Lo conocimos en una granizada de regreso de la colecta (mis ayudantes de campo aún se quejan de las tortas frías de pipián que comimos aquel día). Nos contó de cómo, de la nada, se venían tormentas eléctricas que prendían los focos y enloquecían a los generadores eléctricos mientras los albañiles corrían al refugio de madera sintiendo la estática en la piel.

En fin, solo un ejemplo para no entrar en el cuento largo, político, económico, académico y logístico que sé fue, y es, la construcción y operación del GTM. A la fecha no está por completo terminado, pero con todo las observaciones ya comenzaron. El pasado 17 de junio el GTM se asomó formalmente a Messier 82, una galaxia starburst (no me arriesgo a traducir) a 12 millones de años luz. O sea cerca, porque en realidad este instrumento permitirá explorar galaxias muy, muy lejanas.

Imagino que con tales investigaciones algún día entenderemos más sobre el universo primitivo. Imagino (mantengamos el optimismo) que algún día tendré algo que decir sobre la vegetación de alta montaña y las glaciaciones. Curioso pensar que ambos temas confluyen en el Tliltépetl, a la sombra del Cerro de la Estrella.

Mencioné que estuve ahí 7 años atrás para contextualizar dentro de mi propia realidad el grado de paciencia y de visión que requieren proyectos como este. Sólo apto para quienes pueden concebir el largo plazo. Mis respetos. Imagino que los hombros de El Pingüino fueron los que soportaron buena parte de la responsabilidad y el entusiasmo que se han requerido para sacar adelante un proyecto científico así. Buena suerte y ánimos a quienes ahora llevan la estafeta. También gracias.