Tuve la suerte de visitar Madrid para el cambio de año. De los españoles y su España en crisis, pero también en fiesta, hay mucho que contar. Será para otra ocasión, pues uno) este pobre blog me agarra como siempre limitada de tiempo y dos) hay que limitarnos al chisme del biogalón natural y quisque científico, que para los meramente humanos está el caralibro y el anecdotario a la hora del cotorreo. Quedémonos con que los españoles no cantan mal las rancheras pero no bailan bien las cumbias -aunque les gusta ponerlas- y pasemos al meollo de esta entrada.
Madrid es una ciudad grandiosa con atractivo para cualquier gusto (suposición sin estadísticas). No sé en qué lugar de la lista de "tengo que verlo" del turista promedio esté el Real Jardín Botánico, pero yo no me quise ir sin visitarlo.
Me encantó la exposición temporal "Imágenes del paraíso. Las colecciones de Mutis y Sherwood". Ilustraciones botánicas de la una expedición española a Granada en el siglo XVIII (y cachito del siguiente) y de obras más recientes (últimos 30 años, más o menos) de Margaret Mee y algunos otros artistas. De dicha mujer, por cierto, me declaro fan y brindo mis respetos. Gran trabajo como ilustradora y como protectora de la selva amazónica, de esas personas a las que sin saberlo les debemos un cachito de mundo.
Volviendo con mi visita, la fotografía será muy buena para muchas cosas y su empleo en la ciencia es una virtud indiscutible. Pero una acuarela, o un dibujo templado, que muestra el perfectísimo detalle de las hojas, el tallo y las estructuras sexuales de una planta, en una composición arreglada de maravilla, es, con su permiso, inigualable. Me encanta saber que la botánica -con sus jardines, ejemplares de herbario e ilustraciones a mano- utiliza el "pasado" como también hace uso de técnicas moleculares y se pavonea con la modernidad.
En fin, venía pensando en eso cuando, ya de vuelta a mi recorrido por el jardín, llegué a la Estufa de las Palmas. Se trata de un antiguo invernadero construido en 1856 para albergar plantas tropicales. Su sistema de calefacción consistía en unos canales excavados bajo los pasillos y cubiertos con rejillas de hierro que se llenaban de estiércol. La fermentación de éste elevaba la temperatura y la humedad, de modo que las palmas tropicales podían vivir felices cuando afuera imperaba el invierno europeo.
Lo que esto quiere decir es que mucho antes de que la discusión apocalíptica de "se nos termina el petróleo y nos llega el calentamiento global" ya se utilizaban procesos biológicos como fuente de energía, los mismos que ahora se anuncian como una de las posibles vanguarias. Imposible no pensar que las metanógenas, adorables archeobacterias de quienes ya les platiqué alguna vez, están detrás del funcionamiento del ingenioso sistema de calefacción, pues en resumen se encuentran en el estiércol y producen metano como nosotros bióxido de carbono.
Hoy en día, dado el tipo de plantas que mantienen dentro y las suficientemente elevadas temperaturas que se obtienen con el buen diseño y orientación del invernadero, la calefacción no es siquiera necesaria. Lindo el sitio, como si la vegetación se lo comiera por dentro:
El otro invernadero del jardín, más moderno, hace uso de paneles solares pero no de los que producen electricidad, sino que con ellos se calientan aire y agua. Luego tales se distribuyen cuidadosamente para mantener la temperatura y humedad adecuada en tres secciones distintas: desierto, subtrópico y trópico. En resumen es un sistema de tubos, escotillas, ventanas y buena arquitectura. Un ingeniero me dirá que tiene su chiste, no digo que no, pero admitámoslo: en esencia es es sencillísimo. Esta muy mala fotografía ejemplifica un poco el asunto:
Habría que darle un poco de humildad a nuestros aires modernos y ver para atrás. Hay técnicas que sin la más sofisticada de las nanotecnologías pueden brindar soluciones concretas a nuestro uso de la energía, tan importante en estos tiempos, ahora sí de "se nos termina el petróleo y nos llega el calentamiento global". Así como lo cortés no quita lo valiente, lo pasado no quita lo eficiente.
Declaro esa mi conclusión de año nuevo, una lección aprendida de la botánica.
Dicho esto salud por el veinte diez que se nos tereminó y salud por el veinte once que llega lleno de conflictos y retos. Por aquí escasea el buen tequila, por eso me dio gusto saludar a ésta agavácea:
miércoles, 5 de enero de 2011
jueves, 9 de diciembre de 2010
V de victoria, de Puebla Verde, de parques y ríos
Les cuento algo que está sucediendo en Puebla, una de esas cosas que tienen su auge en las noticias locales, que pasan inadvertidas en los periódicos nacionales y que nunca llegan al descontextualizado ámbito internacional. Son dos pequeñas buenas nuevas que van de la mano y que son, sin duda, de lo mejor que le ha pasado últimamente a la ciudad de los volcanes: 1) el Parque del Arte vuelve a la administración de la ONG que lo hizo posible y 2) se creará un corredor ribereño a lo largo de un fragmento del río Atoyac.
El Parque del Arte fue noticia hace ya algunos años. El pedazo de tierra que se pudo salvar del gandallismo de un grupo de empresarios y políticos que tuvieron a bien hacer negocio con terrenos de conservación. Qué fácil fue cambiar el uso de suelo y construir Angelópolis. Luego de fracasar en el intento de hacer lo mismo con este último vestigio de área verde, el Gobierno del Estado, bajo el inverosímil mandato de Mario Marín, volcó todos sus corruptos esfuerzos en desprestigiar a la ONG y a los ciudadanos que lucharon porque el parque fuera parque. Desalojaron al personal con todas las de la corrupción, destruyeron los cuerpos de agua que ya estaban atrayendo aves y lo disfrazaron todo con una nueva inversión que por poco se vuelve canchas de futbol de pasto sintético.
Con Mario Marín con un pie puesto en su despedida de la gobernatura el Tribunal Superior de Justicia da la razón a la ONG, que pronto, en Enero, volverá a administrar el parque. No a hacer negocio, no ha ser propietaria. Sólo a velar por su funcionamiento y bienestar, como lo ha hecho con la Laguna de San Baltazar desde hace más años que la memoria de muchos. La ONG se llama Puebla Verde.
La otra buena noticia es que la ciudad contará con un parque ribereño en el fragmento que va del puente de la 25 sur al de la avenida de las Torres, es decir de donde comienza la Atlixcayotl a cerca de las espaldas del Tec de Monterrey. Con planta de tratamiento y todo. Un modesto primer paso de lo que podría transformar el paisaje poblano. El plan todavía no se ha presentado al público por completo, pero ya comenzó con un primer acuerdo.
Imagínense que le cuentan esto a un europeo que todos los días camina por un parque impecable y cruza el río por un andador empedrado para llegar al trabajo. Platíquenle del gobernador involucrado en prostitución infantil. Parecerá que el primer mundo es primer mundo y que el “paises en vías de desarrollo” es un eufemismo ridículo. Pero el Viejo Mundo es viejo. Está plagado de cicatrices, muchas con maquillaje suficiente para que él mismo pueda ignorarlas en el espejo. En sus parques arbolados y sus lagos con hielo poco queda de lo que fue la biodiversidad original, generalmente nada. El mundo comenzó a cambiar cuando era demasiado tarde. Hay muchas cosas que nunca podrán recuperar. Nosotros podríamos no perderlas de entrada.
Se dice fácil, está complicado. Se necesita entusiasmo, de ese que vuelve al trabajo pasión y no salario. Se requiere gente, la hay muchísima, que desde la convicción de su trinchera logra mantener un proyecto tras años contra corriente. Se puede. Y tan se puede que se está haciendo. La victoria de parques y ríos es un ejemplo que de puro gusto les comparto hoy que ya puedo escribir sin que me tiemblen de felicidad las manos. Hay tantos otros. Se están haciendo cosas. Piénselo, el mundo no se sostiene sólo (ni sobre tortugas).
Sí, ya sé, hoy peco de optimista. Ni qué, V de victoria.
El Parque del Arte fue noticia hace ya algunos años. El pedazo de tierra que se pudo salvar del gandallismo de un grupo de empresarios y políticos que tuvieron a bien hacer negocio con terrenos de conservación. Qué fácil fue cambiar el uso de suelo y construir Angelópolis. Luego de fracasar en el intento de hacer lo mismo con este último vestigio de área verde, el Gobierno del Estado, bajo el inverosímil mandato de Mario Marín, volcó todos sus corruptos esfuerzos en desprestigiar a la ONG y a los ciudadanos que lucharon porque el parque fuera parque. Desalojaron al personal con todas las de la corrupción, destruyeron los cuerpos de agua que ya estaban atrayendo aves y lo disfrazaron todo con una nueva inversión que por poco se vuelve canchas de futbol de pasto sintético.
Con Mario Marín con un pie puesto en su despedida de la gobernatura el Tribunal Superior de Justicia da la razón a la ONG, que pronto, en Enero, volverá a administrar el parque. No a hacer negocio, no ha ser propietaria. Sólo a velar por su funcionamiento y bienestar, como lo ha hecho con la Laguna de San Baltazar desde hace más años que la memoria de muchos. La ONG se llama Puebla Verde.
La otra buena noticia es que la ciudad contará con un parque ribereño en el fragmento que va del puente de la 25 sur al de la avenida de las Torres, es decir de donde comienza la Atlixcayotl a cerca de las espaldas del Tec de Monterrey. Con planta de tratamiento y todo. Un modesto primer paso de lo que podría transformar el paisaje poblano. El plan todavía no se ha presentado al público por completo, pero ya comenzó con un primer acuerdo.
Imagínense que le cuentan esto a un europeo que todos los días camina por un parque impecable y cruza el río por un andador empedrado para llegar al trabajo. Platíquenle del gobernador involucrado en prostitución infantil. Parecerá que el primer mundo es primer mundo y que el “paises en vías de desarrollo” es un eufemismo ridículo. Pero el Viejo Mundo es viejo. Está plagado de cicatrices, muchas con maquillaje suficiente para que él mismo pueda ignorarlas en el espejo. En sus parques arbolados y sus lagos con hielo poco queda de lo que fue la biodiversidad original, generalmente nada. El mundo comenzó a cambiar cuando era demasiado tarde. Hay muchas cosas que nunca podrán recuperar. Nosotros podríamos no perderlas de entrada.
Se dice fácil, está complicado. Se necesita entusiasmo, de ese que vuelve al trabajo pasión y no salario. Se requiere gente, la hay muchísima, que desde la convicción de su trinchera logra mantener un proyecto tras años contra corriente. Se puede. Y tan se puede que se está haciendo. La victoria de parques y ríos es un ejemplo que de puro gusto les comparto hoy que ya puedo escribir sin que me tiemblen de felicidad las manos. Hay tantos otros. Se están haciendo cosas. Piénselo, el mundo no se sostiene sólo (ni sobre tortugas).
Sí, ya sé, hoy peco de optimista. Ni qué, V de victoria.
jueves, 25 de noviembre de 2010
Diario de mi colmoyote y yo XII: 100% de humedad pero nieve
Qué ni qué, los días vuelan. Debí finalizar la historia de Paquito, mi colmoyote (Dermatobia hominis) meses atrás. Fue las ganas de encontrar las palabras adecuadas y la foto perfecta las que me entretuvieron. Y ahora ni lo uno ni lo otro, pero finalmente, la última entrada del Diario del colmoyote, mas no de este blog si es que le sigo escribiendo y alguien lo sigue leyendo pasado el auge del morbo parásito.
Por motivos del destino académico y azaroso en estos momentos me encuentro a 52° de latitud Norte, lo que quiere decir que oscurece antes de las 4 pm y que no llegaremos a 10°C en ningún momento del mes. Pero eso sí, la mayor parte del día estamos al borde del 100% de humedad. Justito como en la selva. Los hongos crecen en las paredes y lo corroen todo si es que la tecnología baja la guardia un instante. La madrugada es bruma. Ocultos así, los árboles son sólo una silueta y los pájaros un canto lejano. 100% de humedad como en los aguaceros de la selva pero frío, frío suficiente para que la vegetación sea por completo distinta, para que la biodiversidad toda recuerde a las montañas más altas de México. Y luego la nieve, ayer vi nevar por primera vez en mi vida y lloré como quién descubre el mar. En fin, comento sobre el estado del tiempo para abrir la conversación.
Decía de Paquito. Vivió 10 días (un aplauso a J por revisar) mientras yo irónicamente andaba de nuevo por su lugar de origen. Sus ojos rojos (hermosos) se decoloraron tras su muerte. Su peso seco fue de 0.04473 g que puedo presumir fueron construidos prácticamente en su totalidad gracias al consumo de mi persona.
Vénganos las fotos:
Y por cierto, de esa última ida a la selva me llevé otros dos colmoyotes. Uno de ellos fue particularmente difícil de detectar, estuve segura de que se trataba de tal huésped 20 días después, a unos días de partir a la tierra lejana donde les decía me encuentro. El vuelo a esta latitud es largo y dio tiempo para que me pusiera la cinta (sí, llevo cinta plateada siempre en la mochila), esperara a que se asfixiara y lo extirpara. Lamento no presentarles un video de la extracción, pero la complejidad de la maniobra superó a mi energía y a los escasos recursos del baño del avión. Lo mejor que pude hacer fue grabar al ejemplar después, pues la larva seguía viva:
100% de humedad y nieve, bosques recién plantados cuyos ancestros se refugiaron al sur durante las glaciaciones. 100% de humedad y calor, la selva con sus millones de especies, en una tierra de condiciones estables. El avión que cruza el Atlántico, el océano que separa las masas de tierra que estuvieron unidas. Las cicatrices que Dermatobia hominis dejó en mi piel, discretas marcas de un ciclo de vida parásito, de un organismo que de adulto no se alimenta más pero que cuando larva come de nuestro tejido, recordándonos que nuestras células están hechas de lo mismo que el resto de la fauna, que puede digerirnos, construir nuevas proteínas con nuestros aminoácidos, que somos, al fin y al cabo, parte de esta hermosa consecuencia evolutiva que llamamos biodiversidad.
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Toda la historia del colmoyote:
Diario de mi colmoyote y yo I
Diario de mi colmoyote y yo II
Diario de mi colmoyote y yo III
Diario de mi colmoyote y yo IV
Diario de mi colmoyote y yo V
Diario de mi colmoyote y yo VI
Diario de mi colmoyote y yo VII
Diario de mi colmoyote y yo VIII
Diario de mi colmoyote y yo IX
Diario de mi colmoyote y yo X
Diario de mi colmoyote y yo XI
Diario de mi colmoyote y yo XII
Por motivos del destino académico y azaroso en estos momentos me encuentro a 52° de latitud Norte, lo que quiere decir que oscurece antes de las 4 pm y que no llegaremos a 10°C en ningún momento del mes. Pero eso sí, la mayor parte del día estamos al borde del 100% de humedad. Justito como en la selva. Los hongos crecen en las paredes y lo corroen todo si es que la tecnología baja la guardia un instante. La madrugada es bruma. Ocultos así, los árboles son sólo una silueta y los pájaros un canto lejano. 100% de humedad como en los aguaceros de la selva pero frío, frío suficiente para que la vegetación sea por completo distinta, para que la biodiversidad toda recuerde a las montañas más altas de México. Y luego la nieve, ayer vi nevar por primera vez en mi vida y lloré como quién descubre el mar. En fin, comento sobre el estado del tiempo para abrir la conversación.
Decía de Paquito. Vivió 10 días (un aplauso a J por revisar) mientras yo irónicamente andaba de nuevo por su lugar de origen. Sus ojos rojos (hermosos) se decoloraron tras su muerte. Su peso seco fue de 0.04473 g que puedo presumir fueron construidos prácticamente en su totalidad gracias al consumo de mi persona.
Vénganos las fotos:
Y por cierto, de esa última ida a la selva me llevé otros dos colmoyotes. Uno de ellos fue particularmente difícil de detectar, estuve segura de que se trataba de tal huésped 20 días después, a unos días de partir a la tierra lejana donde les decía me encuentro. El vuelo a esta latitud es largo y dio tiempo para que me pusiera la cinta (sí, llevo cinta plateada siempre en la mochila), esperara a que se asfixiara y lo extirpara. Lamento no presentarles un video de la extracción, pero la complejidad de la maniobra superó a mi energía y a los escasos recursos del baño del avión. Lo mejor que pude hacer fue grabar al ejemplar después, pues la larva seguía viva:
100% de humedad y nieve, bosques recién plantados cuyos ancestros se refugiaron al sur durante las glaciaciones. 100% de humedad y calor, la selva con sus millones de especies, en una tierra de condiciones estables. El avión que cruza el Atlántico, el océano que separa las masas de tierra que estuvieron unidas. Las cicatrices que Dermatobia hominis dejó en mi piel, discretas marcas de un ciclo de vida parásito, de un organismo que de adulto no se alimenta más pero que cuando larva come de nuestro tejido, recordándonos que nuestras células están hechas de lo mismo que el resto de la fauna, que puede digerirnos, construir nuevas proteínas con nuestros aminoácidos, que somos, al fin y al cabo, parte de esta hermosa consecuencia evolutiva que llamamos biodiversidad.
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Toda la historia del colmoyote:
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Diario de mi colmoyote y yo II
Diario de mi colmoyote y yo III
Diario de mi colmoyote y yo IV
Diario de mi colmoyote y yo V
Diario de mi colmoyote y yo VI
Diario de mi colmoyote y yo VII
Diario de mi colmoyote y yo VIII
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Diario de mi colmoyote y yo XI
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