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lunes, 17 de octubre de 2022

El mundo ante la encrucijada: El futuro desde distintas miradas

Ayer domingo 16 de octubre del 2022 participé en el VII Encuentro libertad por el saber del Colegio Nacional. El encuentro lo organizó Julia Carabias, quién fue (y siempre seguirá siendo) mi maestra. En la mesa en la que participé, coordinada por Javier Garciadiego, hablamos José Sarukhán, Rolando Cordera,  Roger Bartra y yo, cada quién con su forma de ver el futuro y entender el pasado. 


Abajo les dejo la versión escrita de lo que dije, así como el video. Son lo mismo, palabras más palabras menos, y con la errata de que al hablar dije  "Voy a comenzar por la juventud y feminismo", cuando debió ser  "juventud y el ambientalismo".






Participación de Alicia Mastretta-Yanes

Para mí el futuro es una ceiba. Las ceibas son el árbol más alto de la selva. Verdaderos colosos del trópico que, contra-intuitivamente no tienen raíces profundas. Para sostenerse, las ceibas utilizan contrafuertes, una especie de raíz que crece en escuadra desde unos metros arriba de la base del tronco. La mayor estabilidad se logra con cuatro contrafuertes opuestos. Es así como las ceibas logran crecer muy alto y muy rápido a pesar de que los suelos de la selva no son profundos ni ricos en nutrientes. Nuestro presente tampoco tiene mucho donde echar raíces, por eso creo que el futuro deberá tener cuatro contrafuertes o no se sostendrá: la juventud, el ambientalismo, el feminismo y la interseccionalidad. Soy una persona inmensamente optimista, y por lo tanto estoy convencida de que la ceiba puede crecer, pero para ello tenemos que apuntalar cada contrafuerte con cambios claves.

Voy a comenzar por la juventud y el ambientalismo. Cuando Julia me invitó a cuestionar el futuro como joven, lo primero que cuestioné es si podría considerárseme joven aún. Soy joven para los estándares de la academia, aún podría aplicar a las plazas de Jóvenes Académicas de la UNAM y ciertamente soy más joven que el promedio de edad de esta mesa. Pero la más chica de mis hermanas, que está acabando la carrera, no duda en recordarme que soy una chavoruca cada vez que me pongo mi playera favorita de Dragon Ball. Así pues, voy hablar aquí como lo que soy: parte de la generación que nació en los 80s o principios de los 90s. Les milenials: la más vieja de las nuevas generaciones que crecimos con el internet. Y aunque nuestra relación con la tecnología es de lo que más se habla, para mí lo más importante es que somos también la primera generación en heredar la debacle ambiental del planeta. En nuestra infancia, el cambio climático, la extinción de especies y la pérdida de ecosistemas naturales pasaron de discutirse en el ámbito científico, a volverse una urgencia en la agenda internacional.

No sé bien cómo me enteré de estos problemas ambientales, pero recuerdo ser pequeña. Para cuando llegué a la secundaria ya entendía la magnitud de lo que estaba pasando. Crónica de una pandemia anunciada enseñarán en las clases de historia del futuro, porque cuando yo era una adolescente, para la ciencia ya estaba claro que como humanidad estábamos poniendo todas las condiciones para una debacle ambiental y sus consecuencias, como la pandemia que vivimos hoy. Sinceramente me marcó y me hundí en una profunda desesperanza. De ahí me sacaron mi familia, mi profesor de biología y el “primer estudio de país” un libro de la CONABIO que en 1998 me hizo ver que en México había gente a la que estas cosas le interesaban.

Entonces decidí estudiar Biología y hacer un doctorado. Hoy trabajo en la CONABIO, una institución maravillosa donde dirijo o colaboro en varios proyectos para incorporar la diversidad genética a la conservación. Trabajo con comunidades, con la CONANP y la SEDEMA. He palomeado propósitos que la Alicia adolescente jamás imaginó, y sin embargo cargo aún con la misma aprensión en el pecho.

Es que sé que la pérdida de la biodiversidad y el cambio climático siguen ahí. Las cosas que de adolescente leí pasarían por estos tiempos ya están pasando. Ya hubo una pandemia, ya nevó en Texas y las playas del Caribe se cubren de sargazo. Es gravísimo. Yo tenía 7 años cuando en 1992 se celebró la Cumbre de la Tierra y se firmó el Convenio de Diversidad Biológica, para proteger la biodiversidad. Yo estaba entrando a la secundaria cuando se firmó el protocolo de Kioto en 1997, el primer acuerdo para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Los resultados de ambos eventos están lejísimos de ser suficientes. Por eso las verdaderas nuevas generaciones que iniciaron Fridays for Future o Extintion Rebellion tienen razón en decir que 30 años fueron suficientes para ponernos de acuerdo. Tienen razón en estar enojadas. Greta Thunberg tiene razón en pedir acciones inmediatas y drásticas. Las verdaderas nuevas generaciones que no han escuchado de cumbres globales pero sí viven la miseria que dejan las inundaciones, la pandemia y las crisis financieras tienen razón en migrar, en querer escapar de las espirales de pobreza y violencia que vienen con el deterioro ambiental.

Por eso no podemos decirle a las nuevas generaciones que no se preocupen, que se preparen, que estudien y que con la ayuda del conocimiento y la ciencia arreglaremos el desastre ambiental. Mi generación ya lo hizo. Somos miles de personas expertas en temas ecológicos, de ciencias sociales, de restauración, de cambio climático, de genómica, de sostenibilidad y transdisciplina. De nada nos sirve tener a todas esas personas jóvenes preparadas, con una conciencia ambiental, social y política, si no aceptamos las herramientas y soluciones que están ofreciendo. Por ejemplo, según datos de la ONU, globalmente menos del 6% de las personas que ocupan cargos legislativos tienen menos de 35 años de edad. El promedio es de 53.

La política es política dirán, pero la academia misma también pone toda clase de obstáculos para que ocurra un recambio generacional. Voy a poner un ejemplo que parecerá insignificante por tratarse de un nicho muy específico, pero es la acumulación de cosas como estas la que da origen a un problema estructural. Pasan incluso en la UNAM, mi alma mater y una institución a la que le tengo mucho cariño. El posgrado en Ciencias Biomédicas tiene como requisito para la titulación de estudiantes, que los artículos resultado de su tesis de doctorado tengan por autor de correspondencia al o la tutora en vez de a la estudiante. Ser autora de correspondencia de un artículo es el crédito más importante, es como ser directora de una película. Es decir, que lo que hacen las reglas del posgrado es que quienes egresen tengan menos méritos de los que deberían. No tengo idea de quién puso esta regla o para qué, pero explíquenme cómo eso no es ponerle el pie a la juventud.

Algo similar ocurre también con las mujeres. Voy a poner de nuevo ejemplos académicos porque es mi ámbito más cercano y por ende del que puedo hablar. Según datos del INEGI en el 2014, 2016 y 2019 hubo consecutivamente alrededor de 1.5 millones de mujeres con educación media superior concluida. Es decir, ya hay en nuestro país un cuerpo de mujeres con educación equiparable a la de los hombres, por lo menos hasta la preparatoria. Son sin duda buenas noticias, porque también se ve reflejado en las mujeres que acceden a una educación universitaria. Pero imagínese ustedes cómo se siente una estudiante de posgrado del CINVESTAV cuando se entera de que un investigador con múltiples denuncias de acoso, hechas y derechas como el sistema las pidió, se postula como candidato a director.


Entonces no podemos pedirle a las mujeres que se preparen, que brillen y hagan ciencia, si no creamos a la par los espacios seguros y las estructuras para dejarnos trabajar.

Por último, voy a hablar de interseccionalidad. Es decir, entender que las desigualdades sistémicas se conforman de la suma de factores sociales que incluyen el género, las preferencias sexuales, el color de la piel, la clase social y varios etcéteras. Otro ejemplo de la academia: habría que preguntarnos porqué la mayoría de las mujeres que logramos volvernos investigadoras y llegar a tener reconocimientos sobresalientes, somos en su mayoría blancas o de familias de la clase media. Claramente hay temas de clase y de acceso más allá de la preparación académica o la creación de capacidades.

Y si en la academia, que es una actividad primordialmente urbana, se nota este efecto, imagínense en el campo. Les pongo como caso la historia de un joven que conocí en una comunidad rural. Se capacitó y certificó para ser guía de ecoturismo, y por un tiempo encontró en estas actividades una forma de vivir al tiempo que la selva de su comunidad se mantenía como selva, un caso de éxito de libro de texto. Pero se cruzó la pandemia y la disminución de la actividad turística. Un familiar enfermó del hígado, la familia se endeudó mucho y el joven terminó migrando a Estados Unidos. Falta de acceso a la salud, deuda, migración y deforestación de por medio. Esta historia es representativa de la respuesta de las personas jóvenes de lugares rurales ante las injusticias estructurales y los estragos locales de los problemas globales.

No es cuestión de tiempo que ocurran los cambios necesarios para que los cuatro contrafuertes de los que hablé se construyan. En primer lugar, porque no tenemos tiempo. Prepararnos, sí, recurrir al mejor conocimiento posible, sí. Pero también educar para transgredir y construir nuevos sistemas y nuevas estructuras. No es cuestión de tiempo, es cuestión de que lo hagamos.

Lo que sí causa el tiempo es la “amnesia generacional”. Ese fenómeno en el cual quienes heredamos el mundo asumimos que la normalidad es la realidad que nos tocó ver. Puede jugarnos a favor y en contra. A favor, porque las nuevas generaciones crecen viendo ciclovías y mujeres científicas como lo más normal del mundo. Al igual que yo crecí sabiendo que las mujeres podíamos votar sin imaginarme que pocas décadas atrás esto no fuera así.

Pero también nos juega en contra. Es difícil percatarse de la pérdida de la biodiversidad si creces en un entorno donde la naturaleza ya se erosionó. Por eso hablamos del ajolote como si siempre hubiera sido rosa y siempre hubiera estado en peligro de extinción. O de la desecación de la Ciudad de México como si la construcción de avenidas con nombres de ríos y canales hubiera ocurrido en la época colonial. Por eso nadie parece notar que los parabrisas de los coches ya no regresan cubiertos de insectos tras un viaje en carretera. La amnesia ambiental generacional es lo primero que tenemos que corregir para hablar del futuro.

El futuro. Empecé diciendo que soy optimista y con todas las desgracias que acabo de narrar seguro les parece que no veo futuro alguno. Pero sé que el futuro puede elevarse rápido y alto como la ceiba de la que hablé por tres razones.

Primera: crecí viendo volverse realidad los imposibles. Todavía en 2019 me dijeron que era un sueño absurdo imaginarse una ciclovía en Insurgentes.

Segunda: las redes sociales y el internet han acelerado el cambio cultural, lo que antes tomaba décadas en permear ahora puede lograrse en meses. Por ejemplo, el efecto que tuvo una canción feminista de Chile en las secundarias y preparatorias de México.

Tercero: estamos al borde de alcanzar la masa crítica de gente necesaria para hacer realidad todos esos cambios. Cuando el Dr. Sarukhán pidió una beca para hacer su doctorado en el extranjero, el gobierno de México le dijo que “la Ecología no era de interés para el país”. Cuando yo era adolescente me sentía sola en mi interés por el medio ambiente, a pesar de que ya existían instituciones como la CONABIO.

Hoy, los y las jóvenes que exigen cambios, puede que sientan enojo, puede que se sientan tristes, pero estoy segura que no se sienten solas.

No sé cuál sea el tamaño de esa masa crítica, pero estoy convencida que estamos por alcanzarlo. Agárrense.

martes, 11 de octubre de 2022

Drama de sexo, vida y muerte en una flor

El mundo natural a veces sólo necesita unos pocos centímetros para que se desarrollen grandes dramas de sexo, vida y muerte. A veces, si nos fijamos bien, podemos ser testigos silenciosas de estos dramas. Hoy nos tocó serlo.

Es un martes de octubre. Ha llovido los últimos días y hace frío, tal vez por eso es que me duele la garganta y me siento congestionada. O tal vez sea covid. Por eso trabajo hoy desde casa. Son las dos de la tarde y estoy en una llamada telefónica. Subo a la terraza para tener más espacio para caminar mientras hablo. Sostengo que así pienso mejor. Le explico a M los detalles sobre los indicadores de diversidad genética, ese proyecto en el que llevamos un año, junto con colegas de 8 países más, discutiendo la metodología.

En medio de la llamada me detengo a observar una abeja europea (Apis mellifera) que hacendosa trabaja en una flor. La planta es una suculenta (¿alguna especie de Sedum?) que da pequeñas flores rosas y que ha aguantado bien las insolaciones y granizadas de una azotea chilanga. Fijando mejor la vista descubro que en la misma flor hay también una mariposa verde (Callophrys xami), pero no está comiendo, sino que cuelga al lado. 

Foto: Alicia Mastretta-Yanes


Mientras, sigo hablando con M, aprovecho la libertad de los audífonos para maniobrar el celular y tomar fotos tanto de la abeja como de la mariposa para subirlas a Naturalista.




Tengo el firme, pero mal cumplido, propósito  de participar en Poliniza (red de jardines para polinizadores) y en el Reto de Naturalista Urbano Octubre 2022 (evento de la app de ciencia ciudadana Naturalista para subir en pocos días muchas observaciones de flora y fauna de ciudades). Me pongo contenta de que las plantas que poco a poco he acumulado en la terraza estén atrayendo insectos polinizadores, aunque la abeja sea europea y la mariposa una vieja conocida cuya población mantengo más o menos a raya pues si no pueden acabar con mis suculentas (especialmente las Echeveria). Detecto de hecho una oruga de esta misma especie de mariposa, ya regordeta y creo casi lista para comenzar a pupar, en una planta vecina.

 

Foto: Alicia Mastretta-Yanes en Naturalista


La oruga se está comiendo a la planta y esto sin duda no le conviene a la planta. Pero las mariposas adultas llevan el polen de una flor a otra, es decir las polinizan, y eso sí que le conviene. O sea, las mariposas le ayudan a las mismas plantas que se comen a poderse reproducir sexualmente. Tarea complicada cuando eres una planta: un ser que no se puede mover para buscar pareja. 

Más específicamente las mariposas (y las abejas, moscas, colibríes, murciélagos y otros animales varios) se ven atraídas a las flores para tomar su dulce néctar, y la planta aprovecha para cubrir al animal visitante en polen, el equivalente del esperma en el mundo de las plantas. Luego el animalillo viaja a otra flor, donde a su paso hace que el polen que ha viajado en su cuerpo entre en contacto con el estigma (ese palito sin polen normalmente al centro) de la nueva flor. Ahí (en la mayoría de las especies) la planta detecta que el polen corresponde a otro individuo (si no que chiste) y deja que entre por el estigma hasta las profundidades de la flor donde se encuentra el óvulo.

 Foto: Alicia Mastretta-Yanes

 La fecundación ocurre y tiempo después veremos un fruto (la flor transformada ahora en un vehículo de dispersión) con semillas dentro (el embrión). En algunas plantas la polinización se hace por el viento, como en el maíz y los pinos, pero la mayoría de las frutas y legumbres que comemos requieren una ayudadita animal para satisfacer su vida sexual.

Pienso en todo esto en automático, costumbre de bióloga, mientras sigo hablando por teléfono y sigo viendo a la afanosa abeja explorar cada pequeña flor. La mariposa en cambio no se mueve. Me imagino que salió de su pupa hace poco, y que está terminando de secar sus alas después de emerger. Pero no. Cuando me doy la vuelta para observarla mejor, justo después de terminar la llamada, me doy cuenta que la mariposa no está ahí voluntariamente, sino que ha sido presa de lo que creo es una araña cangrejo (familia Thomisidae). Esto amerita una carrera por la cámara y el lente macro.
 


Foto: Alicia Mastretta-Yanes


Maestras del camuflaje y la estrategia, estas arañas habitan en las flores que con tanto ahínco visitan los insectos polinizadores. Luego esperan que la cena venga a ellas. Cuando una presa adecuada llega, la atrapan con fuerza bruta (no tejen redes), le inyectan enzimas digestivas y comienzan a beber su interior. Ese lento proceso de alimentación es el que ven en las fotos.


Foto: Alicia Mastretta-Yanes


Arriba, la abeja seguía con su diligente labor de polinización. Sexo, vida y muerte en una misma flor.

 


Foto: Alicia Mastretta-Yanes en Naturalista.


“No pensé que un drama tan grande estuviera ocurriendo en nuestra azotea”, dijo Erick desde el fondo de su asombro.







 





domingo, 7 de agosto de 2022

Bebés parásitos en mi ventana

Tiene un par de semanas comenzamos a oír el incesante piar típico de los polluelos cuando suplican por comida a sus padres. “Debe haber un nido nuevo cerca”, le dije a Erick. Primero pensamos que podrían ser de pinzones mexicanos, pues son unos de los visitantes más asiduos a nuestra terraza y muro verde, en el corazón de la Ciudad de México. Pero con el pasar de los días el piar nos sonaba distinto. No lo sabíamos, pero nos esperaba atestiguar una de las formas de reproducción más inesperadas del mundo natural: el parasitismo de nido (o parasitismo de puesta). 

 --Creo que el nido es del gorrión de los puntitos blancos – me dijo Erick hace pocos días, refiriéndose al gorrión cantor (Melospiza melodia). Pero lo extraño es que el polluelo era más grande y completamente oscuro. 

--Podrían ser pájaros parásitos –respondí comenzando a emocionarme. Como los pájaros cucús ¿te acuerdas te conté? 

Los pájaros cucú europeo. El ejemplo más emblemático de “parasitismo de nido” y el único que yo conocía. Aves que en lugar de construir sus propios nidos y empollar sus huevos, ponen sus huevos en nidos de otras especies y dejan que la pareja de padres suplentes empollen y alimenten a las crías impostoras, en la mayoría de las veces a costa de la supervivencia de sus crías verdaderas. 

–Le voy a preguntar a Karl (mi ornitólogo de cabecera) si hay alguna especie de ave parásita que habite en el centro de México –digo mientras ya estoy escribiendo en mi celular. 

El gorrión cantor es un ave pequeña, solitaria y que tiende a espantarse con facilidad. Aunque no es realmente acuática, le gusta estar cerca de lugares con agua. Y claro que hace honor a su nombre: quizá pocas personas en la Ciudad de México lo hemos visto, pero muchas más lo hemos escuchado cantar. Le gusta buscar perchas altas, inflar su pecho y cantar por intervalos largos. Esta foto la tomé desde mi ventana:

Foto: Alicia Mastretta Yanes en naturalista

Y aquí pueden escucharlos cantar.

A los pocos minutos de mi pregunta, Karl me envió por whatsapp una foto de la guía de aves mostrando a las especies del género Molothrus. “Pájaros vaquero” es uno de sus nombres comunes, haciendo alusión a que gustan seguir al ganado en busca de insectos. Pero su nombre latín (Molothrus) significa “intruso”, remarcando su peculiar forma de reproducirse: todas las especies del género parasitan nidos ajenos. 

En los últimos meses he visto desde mi terraza a los adultos de una especie de este género: el vaquero (o tordo) de ojo rojo (Molothrus aeneus).

Foto de Adrianh Martínez Orozco en naturalista

Sospecho que entonces el gorrión cantor que vió Erick fue parasitado por alguna especie del género Molothrus, muy posiblemente Molothrus aeneus.

Le cuento a Karl. Admito nos da envidia que Erick, mi amado no-biólogo esposo, haya tenido la oportunidad de ver en vivo el parasitismo de nido, mientras que Karl y yo tenemos que conformarnos con videos documentales. Pero guardo esperanzas, los polluelos aún son polluelos y seguro andarán cerca. 

Paso los siguientes días de trabajo en casa con la cámara cargada y lista cerca de mí. Incluso me pongo sólo un audífono por si escucho el chillar de los polluelos. Lo oigo en más de una ocasión, salgo cámara en mano a asomarme por todas las ventanas y subo a la azotea, sin éxito. El fresno vecino parece ser la principal fuente del sonido, pero está demasiado lejos y demasiado frondoso para poder distinguir nada, incluso con mis binoculares. 

Llega el sábado. Reviso que mi cámara esté cargada y la guardo, no me preparo para buscar pájaros parásitos, sino para la pequeña salida a Puebla que emprenderé tan pronto me despida de mi esposo y de la Kale. En eso estamos cuando un pájaro café oscuro se para en el muro verde frente a la ventana. Aquí la foto:

Foto: Alicia Mastretta Yanes en naturalista

--Es ese –dice Erick. Ese es el polluelo. 

A los pocos segundos aparece otro polluelo idéntico, y ambos comienzan a suplicar por comida con sus bocas muy abiertas. Un segundo más y aparece el gorrión cantor (o gorriona, es difícil distinguirlos) con comida en el pico. Alimenta a los (o las) polluelos parásitos, café oscuro y casi del doble de su tamaño, como si fueran sus crías. Acabamos de atestiguar el parasitismo de nido. 

Corro por la cámara. Los polluelos nos miran con sus ojos de dinosaurio y siguen ahí, pero el gorrión cantor es asustadizo y está muy atento a mis movimientos. Estoy en mal ángulo y no logro enfocar a la perfección. Pero algo se logró:

Foto: Alicia Mastretta Yanes en naturalista.
Foto: Alicia Mastretta Yanes en naturalista.

Foto: Alicia Mastretta Yanes en naturalista

 

El parasitismo de nido evolucionó unas 5 veces de forma independiente en aves de distintas familias y órdenes (es decir los cucús y los tordos de ojos rojos no son parientes cercanos para nada). En total 91 especies, tan solo el 1% de todas las especies de aves. Pero ese 1% da mucho de qué hablar, e investigar. ¿Cómo evolucionó este fenómeno? ¿Los pájaros que practican el parasitismo de nido se especializan en una sola especie o son generalistas? ¿Cómo aprende una pájara parásita a parasitar si nunca conoció a sus padres? ¿Qué pasa con los huevos originales del nido parasitario? ¿Por qué los padres de los nidos parasitados no distinguen a los impostores? O más bien ¿cuándo sí los distinguen y qué hacen los pájaros parásitos para contrarrestarlo?

 

Iba a escribir aquí la respuesta a esas preguntas, quizás las primeras que cualquiera se hace al enterarse de este fenómeno, pero la literatura científica al respecto resultó no solo contestarlas, sino abrir muchas más puertas y describir muchos más detalles de los que pude resistirme a leer. El resultado es que se terminó el fin de semana y con ello mi oportunidad de escribir al respecto.

 

Es fácil antropomorfizar este fenómeno y sentir lástima por la pareja de gorriones cantores. Sentir que es la versión Hermanos Grimm del Patito Feo y que nuestra infancia fue censurada. Pero el parasitismo de nido es un fenómeno natural. Uno de tantos giros inesperados de la evolución, o mejor de dicho, de la co-evolución entre parásito y hospedero. Los pájaros vaqueros han parasitado los nidos de gorrión cantor (y de muchas especies más) desde antes que los seres humanos pobláramos el Valle de México, o el continente americano siquiera.

 

Lo increíble, y esperanzador, es que este fenómeno sigue ocurriendo en la Ciudad de México. Esta gran urbe donde pensaríamos que la naturaleza se ha dado por vencida, pero no. Dejar crecer unas cuentas flores nativas en la terraza y el muro verde y un fresno frondoso son suficientes para atraer a pinzones mexicanos, gorriones cantores y, ahora sabemos, pájaros vaqueros que parasitan sus nidos. Suficiente para que, si estamos dispuestas a prestar atención, atestigüemos una de las interacciones más peculiares del mundo animal.

 

 

Algunas lecturas imperdibles:

 

 

Hauber, M. E. (2000). Nest predation and cowbird parasitism in Song Sparrows. Journal of Field Ornithology, 71(3), 389-398

 

Hoover, J. P., & Robinson, S. K. (2007). Retaliatory mafia behavior by a parasitic cowbird favors host acceptance of parasitic eggs. Proceedings of the National Academy of Sciences, 104(11), 4479-4483.

 

Ortega, C. P. (1998). Cowbirds and other brood parasites. University of Arizona Press.

 

Yamauchi, A. (1995). Theory of evolution of nest parasitism in birds. The American Naturalist, 145(3), 434-456.

 

 

jueves, 2 de septiembre de 2021

Polluela de pinzón mexicana III: vuela vuela

Cuando la recogimos y pusimos en su jaula dorada, la polluela de pinzón mexicana no hacía mucho más que sentarse con cara de mensa a esperar a que papá y mamá vinieran a alimentarla. Y chillar, claro, para llamarles. 

Ocho días después, aletea por toda la jaula y saca su cabeza entre los barrotes intentando salir. Siguen viniendo a alimentarla, pues los pinzones mexicanos (Haemorhous mexicanus) alimentan a sus pollos relativamente crecidos, cuando ya tienen su plumaje completo y pueden seguirlos volando.

Dejamos la puertita de la jaula abierta a una de las horas en que habitualmente vienen papá y mamá. Después de algunos minutos de buscar la salida por arriba, la polluela descubrió la puerta abierta y voló, como no podía hacerlo cuando la recogí en la banqueta.


Buena suerte pequeña dinosauria voladora. Chilla para que mamá y papá te encuentren, que seguro harán, si incluso entraban a nuestro baño siguiendo tu llamado.


La historia completa:

Polluela de pinzón mexicana 

Polluela de pinzón mexicana II: le dan de comer 

Polluela de pinzón mexicana III: vuela vuela

lunes, 30 de agosto de 2021

Polluela de pinzón mexicana II: le dan de comer

Han pasado 5 días desde que recogimos a una polluela de pinzón mexicana que abandonó demasiado pronto su nido. Su papá y mamá escucharon su llamado desde la ventana de nuestro baño donde primero pusimos su jaula dorada, y después desde el balconcito de la ventana donde se las acercamos. Vienen a darle de comer unas 5 veces al día. Es fácil saberlo por el pequeño escándalo. Incluso puedo verlo cuando me quedo en la habitación trabajando muy callada desde mi laptop.

Para compartirlo con ustedes seguimos una estrategia sencilla: Tableta. Laptop. Llamada de zoom. Comenzar a grabar. 



En el video se ven la hembra (la que le da de comer) y el macho (el que tiene plumaje rojo en la cabeza). Aunque en este video solo la hembra le da de comer, en realidad ambos lo hacen y en general crían a sus polluelos conjuntamente. Esto no ocurre en todas las especies de aves, pero sí en muchas. Lo cual nos hace pensar cuándo surgió este comportamiento evolutivamente hablando. Y por cuándo me refiero a cuándo muy para atrás, pues las aves son descendientes directos de un grupo de dinosarios que caminaban en dos patas, los celurosaurios. De hecho, las aves son el único grupo de dinosaurios que no se extinguió. Ahí están, vivitas y coleando con sus dedos que perfectamente recuerdan a las de un T-rex, que sobra decir pertenece al grupo de los celurosaurios. 

Archaeopteryx es un género de aves extinto que presenta caracteres intermedios entre lo que nos imaginamos al pensar dinosario y aves, es decir, algo así como un dinosaurio cubierto de plumas, como bien puede apreciarse aún en sus fósiles:

Archaeopteryx lithographica (Berlin specimen).jpg

Fuente: wikipedia

Pero Archaeopteryx  no fue el primer dinosaurio en tener plumas. De hecho, se han encontrado fósiles de T-rex bebé emplumados con ese plumón suavecito que también cubre a los polluelos hoy en día. Un bebé T-rex no era muy distinto de un guajolote bebé, solo que más grande que un guajolote adulto. Así que las plumas, característica innegable de las aves y que hoy sirven principalmente para volar, probablemente primero tuvieron otro uso y estaban presentes sólo (o  eran mucho más abundantes) en las crías. La evidencia fósil también nos muestra que varios grupos de dinosarios (los que evolucionaron en aves, pero también otros) ya tenían cuidado parental: no solo cuidaban a sus huevos, sino también llevaban alimento a sus crías tal como estos pinzones en mi ventana hoy en día alimentan a su polluela.

Ahí lo tienen, la evolución es la gran borrechera creativa que produce la biodiversidad, pero algunas cosas no cambian en millones y millones de años. Como el cuidado parental y los dedos de dinosaurios celurosaurios.

La historia completa:

Polluela de pinzón mexicana 

Polluela de pinzón mexicana II: le dan de comer 

Polluela de pinzón mexicana III: vuela vuela



miércoles, 25 de agosto de 2021

Polluela de pinzón mexicana

Pandemia. Día n de la nueva normalidad, que en mi caso es trabajo en casa. Salgo por algo a la tienda. En la banqueta escucho el trinar inconfundible de un polluelo, o polluela, pues a esa edad son indistinguibles, de un ave pequeña. La encuentro a los pocos pasos. Creo que es una polluela de pinzón mexicano (Haemorhous mexicanus). Demasiado joven aún para haber dejado el nido, pero lo suficientemente madura para sobrevivir la caída. Bueno, si sobrevivió tal vez no sea tan joven, me digo. Decido quitarla de la banqueta por la que transitamos tantas personas con nuestros perros. Aún tiene el plumón (ese peluche gris que cubre a los pájaros jóvenes) entre el que asuman algunas plumas adultas. Se ve bastante ridícula, a decir verdad. La dejo en la rama baja de un árbol. Creo escuchar el trinar adulto de su papá y mamá en lo alto. 

Cuando regreso está de nuevo en la banqueta, sin poder volar más de 10 cm del suelo. Ahora estoy segura de escuchar un llamado adulto desde el árbol. Selección natural.... le digo a mi conciencia. Y luego veo el pavimento, las paredes de mi edificio, el fresno ahogado en la banqueta que aún así nos regala un follaje espléndido. Pienso en el perro o el gato que se comerá a la polluela, o, más probable, en las ruedas del auto que le pasarán por encima. Es realmente increíble que tengamos aves en la ciudad, pensando en esto. Más al tratarse de una especie nativa, aunque común. 

Poli ¿tendrá usted una caja? ¡Vecino! ¿no tenías tu una jaula en tu azotea verde? Sí, esa. Préstamela por favor. Encontré un pajarito, mira, no te vayas, dame 2 minutos y lo traigo. 

La jaula es la imagen de una jaula dorada. La misma forma, el mismo columpio enmedio. Por supuesto dorada. El plan es cuidar a la pajarita hasta que sea lo suficientemente mayor para volar por si misma. Hago puré un par de semillas de avena y trato de dárselas en el pico. Aún me teme demasiado para abrirlo. Con el agua ligeramente endulzada tengo mejor suerte. 

Me tengo que ir, quedé de ir al laboratorio a recoger una placa para enviarla a secuenciar a una universidad gringa. Dejo la jaula en el baño, con la ventana abierta para que no se acalore demasiado. No he dejado el departamento y ya la escucho trinar y trinar como chillan (casi) todas las crías de los animales con cuidado parental. Cuando regreso, horas después, el botecito con agua azucarada que dejé fuera de la jaula está volteado. La polluela, sin embargo, sigue adentro de la jaula.

No hay mucho enigma que resolver. Los padres deben haber escuchado el trinar de su cría y entrado. Muevo la jaula a un pequeño balcón en la ventana y espero. Al poco rato confirmo la hipótesis. Es la madre la que viene al llamado. Le da de comer a través de los barrotes de la jaula. Bueno, eso soluciona la parte de la comida. En unos días más, si todo sale bien, podré soltarla.


La historia completa:

Polluela de pinzón mexicana 

Polluela de pinzón mexicana II: le dan de comer 

Polluela de pinzón mexicana III: vuela vuela


lunes, 21 de septiembre de 2020

Mis vecinos los tardígrados

He estado ocupada. Muy ocupada. La cuarentena del covid19 llegó cuando la mayoría de mis proyectos de investigación están en la fase bioinformática o de redactar los artículos. El resultado es que todo puede hacerse sin salir de casa. 

No había pasado tanto tiempo en una ciudad desde que soy mayor de edad. Sin salir a los volcanes vecinos, a los campos de cultivo ni al Desierto de los Leones. Mi necesidad de naturaleza se manifestó primero con la adquisición de más plantas. El último censo fue de 163 plantas en los 55 m2 del departamento, contando el balcón y los árboles que pusimos en el patio de la vecindad. Después, incrementé mi observación de las arañas y gotitas de plata con las que cohabitamos en la casa, y de los insectos, hongos, pájaros y plantas del vecindario. 

 

Foto de Alicia Mastretta Yanes en naturalista.
 

Armada con el lente macro de mi cámara, he estado más activa que nunca en Naturalista. Naturalista es una red de ciencia ciudadana donde las personas podemos subir fotografías de los bichos que encontremos en algún lugar del mundo, y la comunidad (y los algoritmos de machine learning) nos ayudan a identificar qué especie es la que vimos. Ayer se llegó a 50 millones de observaciones, de las cuales 2.3 millones se hicieron en México. Segundo lugar mundial, nada más y nada menos.

 

 La más reciente manifestación de mi necesidad de naturaleza está asociada a las fuertes lluvias que han caído sobre el lago que ahora es ciudad. Con la lluvia continua los árboles se pintan del verde brillante del musgo. Los fresnos tienen incluso líquenes. 

Foto: Alicia Mastretta Yanes en naturalista.
 

Decir musgo es decir musgos. En un sólo trueno en la esquina de mi casa conté 5 especies.  Ahí, en este selva microscópica, sé que habitan los tardígrados. Los ositos de agua. Animales microscópicos que surgieron muy temprano en la historia del reino animal. Tienen seis patas (sí, es un dato relevante, y sí a las biólogas nos obsesiona contar patas), comen musgo y son casi indestructibles. Pueden sobrevivir por encima del punto de ebullición del agua (o sea más de 100ºC), pueden congelarse hasta el cero absoluto (-272 ºC), pueden aguantar presiones atmosféricas altísimas y también estar al vacío. Vieron nacer y extinguirse a los dinosaurios y probablemente seguirán aquí después de la especie humana, comiendo musgo.

Me entró una pequeña obsesión por saber si tenía vecinos tardígrados. Si en esos trajes verdes de los árboles urbanos habitaba también una de mis formas de vida favoritas. Y sí. Les dejo este video que tomé hoy:

 


Para tomar el video realicé lo siguiente:

1. Colectar 1 cm2 de musgo fresco de diferentes árboles. En total unos 5 cm2. 

2. Poner el musco en una caja petri (o cualquier frasco) y agregar agua limpia lo suficiente para casi cubrirlo.

3. Dejar remojar toda la noche

4. Tomar una muestra del agua (un par de gotas) y buscar tardígrados bajo un microscopio con aumento de 100x-250x. Yo utilicé este microsopio de bolsillo.

Ahora dejaré el musgo en alguna maceta y saludaré a mis vecinos tardígrados con la confianza de que ahí están aunque no pueda verlos a simple vista.

Ah, y ésta observación de tardígrado ya está Naturalista.









martes, 10 de marzo de 2020

Crónica de la Marcha 8M 2020: el rugir de una sororidad

Escribo esto el día que no existo. Que estoy como muerta, para que me piensen víctima de un feminicidio. Es 9 de Marzo del 2020. Me lo tomo en serio porque le tengo miedo al feminicidio y a la violación, porque sé que pueden pasarme, porque me han visto y les he visto a los ojos. Me lo tomo en serio porque al contarlo me preguntaron que si la culpa era mía, qué donde estaba, que cómo vestía. Me lo tomo en serio porque aún desde mi privilegio de familia blanca y pareja feministas, he vivido discriminación por ser mujer en mis escuelas y en mi desarrollo como científica. Porque crecí creyendo que yo “rompía los estereotipos”, en vez de entender de raíz que no hay que creer en los estereotipos. Me lo tomo en serio porque conozco las historias de mis amigas, de mis estudiantes y de muchas mujeres más que no necesito conocer para imaginar sus historias, o más importante aún, de quienes no puedo siquiera imaginar sus historias. Me lo tomo en serio porque un día entendí que el que todas las mujeres tuviéramos todos los derechos no era cuestión de tiempo, sino cuestión de hacerlo realidad.

Ayer formé parte de la marcha feminista 2020 en la CDMX. Una de alrededor de otras 60 en todo el país. He ido a varias marchas, del 8M y otros temas. Pero nunca había tenido tantas ganas como con esta. Fue mi primer pensamiento al abrir los ojos. Desperté con la convicción de que sería un día histórico, que abarrotaríamos la ciudad.

El metrobus de Insurgentes está lleno desde que me subo a la altura de Churubusco. En mi vagón van mujeres de todo tipo, pero todas claramente vamos a la marcha. Nos bajamos en Plaza de la República, donde hay montado una especie de mini-operativo para hacer más eficiente la salida de la estación.

Empezamos en el Monumento a la Revolución. Fui con un grupo de académicas y estudiantes de la UNAM. Nos unimos al contingente de la Facultad de Ciencias. “No me hables de prestigio si encubres acosadores, discriminadores, abusadores y violadores”, decían nuestras pancartas. A ver si la máxima casa de estudios y se toma el tema en serio.


Antes de las 2 pm ya estaba repleta la plancha del monumento y nuestro contingente listo para salir. Pero estuvimos dos horas sin avanzar más de 100 metros, mientras grupos más pequeños pasaban primero.



Las fuentes de Reforma están teñidas de rojo. La Diana Cazadora es la más emblemática, pero mi contingente no pasa por ahí. Veo solo la de la fuente junto al caballito. La espuma de los chorros verticales transparentan el color. “El patriarcado se va a caer, se va a caer”. Varias mujeres jóvenes están paradas en el borde de la fuente, un par de metros por arriba de quienes marchamos abajo. Una de ellas agita una bandera de México, con morado en vez de rojo. El contingente de al lado trae tambores y silbatos. Me acuerdo de la primera vez que sentí ésta ciudad como mía. También fue en Reforma, pero no en una marcha, sino en las primeras rodadas ciclistas de los domingos. Venía en mi bici, vi al Ángel de la Independencia desde todo el esplendor que normalmente sólo tienen quienes viajan en automóvil, y sentí que la ciudad era mía, que las calles eran también para ciclistas. Ayer vi a la joven de la bandera parada en el borde de la fuente y sentí lo mismo. Sonreí desde dentro del alma. Sentí que este era mi país, que este era mi tiempo y esta nuestra historia, continuación de la historia de las mujeres que ganaron los derechos que tenemos hoy.



Una chica grafitea llorando de rabia el nombre de su violador, que sigue libre, en las paredes de algún monumento o algún comercio en Reforma. No sé en cuál pared, yo no la ví. Lo leí en tuiter horas después. “¡No violencia, no violencia!” corearon algunas del contingente que pasaba al lado, según el tuit. Pudo haber sido el contingente en el que iba yo, pienso cuando lo leo. Pude haber sido yo una de las que le gritó “no violencia” a la chica violada. También fui yo de las que gritó “primero las mujeres, luego las paredes” mientras apretaba los nudillos.

El nudillo de mi mano derecha me duele cuando hace frío. Me lo rompí golpeando una pared de concreto con todas mis fuerzas. Tenía ventipocos años. Estaba enojada con la sociedad y su normalización del machismo, estaba enojada conmigo misma por no haber tenido la respuesta para callar un discurso misógino. Estaba comenzando a sentirme furiosa, conteniéndome mientras repasaba mentalmente todas las razones que tenía para estar furiosa, desde cuando un desconocido embarró su pene erecto en mi espalda baja desnuda, en pleno medio día del zócalo poblano, hasta el “si las mujeres son igual de inteligentes que los hombres por qué no hay más mujeres científicas” de un exnovio. Y entonces, cuando estoy sola con mis pensamientos y quiero caminar sola para resolverlos, siendo tan grandes Las Islas de la UNAM y estando yo cerca de Derecho donde no hay mucho que ver, un hombre desconocido se me acerca, se me insinúa, me dice cosas que no quiero escuchar, que me ofenden y que me enfurecen. Pero no quiero golpear a una persona. Entonces me desato contra una columna de concreto, golpeo varias veces seguidas, porque de verdad ese día ya no puedo más. El tipo grita que estoy loca, y la poca gente cercana me sigue con la mirada cuando me voy, aún respirando acelerada y con los puños palpitando.

No cuento la historia de mi nudillo roto con orgullo, tampoco sin. Solo reconozco que he estado furiosa y que me he desquitado con una pared. Por eso pienso en esa furia mía cuando veo a las encapuchadas pintar la CDMX. Luego pienso en las mamás de los miles de casos de feminicidios que han quedado impunes. Algunas de las cuales avanzaron hasta el frente de esta marcha. Pienso en la declaración de Yesenia ZamudioY la que quiera romper, que rompa; y la que quiera quemar, que queme; y la que no… ¡Que no nos estorbe! […] Antes de que asesinaran a mi hija han matado a muchas. ¿Y como estábamos todas? En casa llorando y bordando. Ya no señores. Se les acabó. Ya rompimos el silencio”.

Me imagino por un instante ser Yesenia, cuatro años después del feminicidio impune de mi hija, después de haber declarado y esperado en cuántos ministerios públicos… puedo entender la furia de sus ojos en el video que se hizo viral. Me imagino luego que el feminicidio fuera de mi hermana y pienso que las paredes se lavan, pero que las muertas no vuelven. Pienso también en la gente que se aflige muchísimo por los monumentos, quizá hasta honestamente. “Les importan más las paredes que las mujeres” concluyen unas, “solo cuando comenzamos a romperlo y rayarlo todo nos escucharon” dijeron otras. ¿Qué pensarán el Ángel y la Diana al respecto? Quizá, como sostienen algunas: “que me rayen y me pinten para que se oigan las voces de mis hijas”. ¿Y yo qué pienso? Que donde hay leña seca arderá el fuego. Pasa en los bosques y en las sociedades humanas. Puntualmente la historia lo demuestra. Necedad es creer que se puede acumular combustible y luego contener el incendio.

Vamos por La Alameda. “Somos malas, podemos ser peores” cantamos. El contingente de atrás está quemando incienso. Las mujeres están vestidas con faldas largas y bailan, pero no alcanzo a ver qué dicen sus pancartas ni entiendo bien lo que corean. También atrás de nosotras viene un contingente de lesbianas, con sus banderas arcoíris y consignas que riman panocha y lucha. A mi derecha un grupo de mujeres de mediana edad y cabello arreglado se unen al “Mujer escucha, esta es tu lucha”. Les pregunto si vienen con algún contingente, y me responden que no, que “solitas nosotras como amigas nos lanzamos”. Se ven muy sonrientes. A mi izquierda las jacarandas de la alameda. Imposible no verlas teñir el cielo de morado. Pienso que a mi abuela le gustaban mucho las jacarandas, y que no quiso firmar como “de Yanes”, según se acostumbraba en su época. Entre las jacarandas marchan muchas mujeres que no parecen ir en ningún contingente específico. Jóvenes, morenas, güeras, abuelas y nietas. En eso corren los gritos desde el frente pidiendo silencio. Se levantan los puños al unísono como cuando estábamos en las ruinas del 19S pidiendo lo mismo. “Hay una niña de 5 años perdida… ¡silencio!”. Todo se detiene. “Siéntense, agáchense” se escucha gritan más adelante. “Silencio atrás”. Gritan el nombre de la niña varias veces. Luego una ola de aplausos viniendo otra vez del frente. “¡Ya apareció, ya apareció!”. Hurras de la multitud.

Hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal” coreamos encendidas por un contingente muy organizado que no sé cómo rebasó al de las lesbianas. “Quiero salir a la calle no por valiente, sino por libre” dice una pancarta. “Aleeeerta, aleeerta, alerta que caminan mujeres feministas por América Latina. Que tiemblen, que tiemblen, que tiemblen los machistas. Que América Latina será toda feminista”. Se escucha un ruido. Quizá una detonación o un golpe. Es del lado derecho, cerca de los edificios. Algo está pasando, pero desde aquí no se ve nada. Se siente miedo y tensión. No es para menos. Las redes sociales dejan claro que no es una lucha romántica, que no todos apoyan el movimiento feminista, que algunos, tal cual, dicen odiarnos. Además somos una multitud, y toda multitud corre el riesgo de actuar como actúan las multitudes en pánico.

De pronto se rompen los contingentes cercanos, la gente se carga a hacia mi izquierda. Varias mujeres corren. Hay quienes llaman a esto una estampida. Yo no. Una estampida es peor, mucho peor. Por eso nadie en su sano juicio quiere una estampida, ni aunque esté rodeada de sus hermanas. “¡No violencia, no violencia!” comienzan a gritar algunas. ¿Le están gritando a una encapuchada que pinta, o que rompe? ¿a una policía que sacó gas lacrimógeno? ¿a un hombre que agredió a la manifestación desde dentro de los edificios? Imposible saberlo desde donde están mis pies. “¡No violencia, no violencia!” grito yo también y veo que el coro calma los ánimos, que las filas se vuelven a cerrar, que avanzamos hacia el Zócalo.

Al Zócalo me lo imagino lleno de mujeres, un bosque de jacarandas con pancartas coreando “no somos una, no somos diez, pinche gobierno, cuéntanos bien”. Creo que no llegó a llenarse tanto como me lo imaginaba por varias razones. Hubo mucho tiempo de diferencia entre que llegaron las primeras marchistas y las de atrás. En parte esto se debe a un cuello de botella a la altura de Bellas Artes. Ahí un grupo de mujeres enfrentaba a las policías que resguardaban las vallas con las que se amuralló el inmueble. “Fuimos todas, fuimos todas” coreaban algunas asomándose a lo que ocurría. Las que no quisieron participar en tirar el muro de Bellas Artes no estorbaron (supongo), pero no continuaron como venían avanzando. Los contingentes se desarmaron, simplemente porque no cabíamos si se quería mantener distancia de donde estaban los enfrentamientos. 


Además, Madero estaba amurallado también, cosa que no todas las marchistas sabían ocurriría. Los contingentes más organizados o las mujeres con más experiencia en marchas sí lo sabían, y continuaron por 5 de mayo o por 16 de septiembre, pero para hacerlo había que rodear lo que estaba ocurriendo en Bellas Artes o en la propia entrada de Madero, donde otro grupo estaba intentando tirar la barrera. Además empezó a correr el rumor de que el Zócalo ya estaba lleno. “No es cierto, estoy aquí” respondió una colega en un grupo de whatsapp. Nosotras entonces decidimos ir hacia el Zócalo por la 16 de Septiembre, pero imagino que muchas otras no lo intentaron siquiera.



Nuestra ruta alterna estaba apacible, incluso algunas pasaron al baño. Volvimos a sacar nuestras pancartas. Entramos al Zócalo. Ya eran cerca de las 6 pm, llevábamos paradas desde las 12. En el Zócalo había muchas mujeres sentadas en el piso. Habían llegado mucho antes que nosotras. Había otras de pie con cartulinas en alto, todas leyendo las consignas de las pancartas de las otras, o de los carteles pegados en el hasta bandera. Los mensajes que más abundan son del tipo “Hoy marcho por …” y el nombre de una víctima de feminicidio.



En el Zócalo había dos escenarios, uno al frente de catedral y otro a la derecha. El del frente estaba demasiado lejos para poder escuchar qué ocurría. En el de la derecha hablaban de víctimas de feminicidios. Vemos humo cerca de Palacio Nacional. Me imagino lo que está pasando, o lo que pasó, en su elegante puerta, pero donde estamos se siente todo tranquilo. Intentamos comunicarnos con amigas que venían en otros grupos. Logré encontrarme con una de ellas. Pocas dichas tan grandes como estar con una amiga que decide marchar por primera vez, aunque la causa sea un jefe misógino que se expresa abiertamente del feminismo como si fuera un chiste.

Mi grupo se separa después de un rato. Algunas necesitan volver a casa, a otras las están esperando sus amistades. Las que quedamos decidimos ir a comer detrás de catedral. Al arribar pregunto si ya llegó una amiga, pues iba adelante de nosotros y la dejamos de ver. La describo “vistiendo una blusa morada”… pero las risas estallan sin dejarme terminar. Imposible defenderse. La aludida llega detrás de nosotras.

No es una blusa cualquiera la que trae. Fue tejida por una de las mujeres oaxaqueñas que cultivan las variedades de algodón nativo de México y resguardan las tradiciones de cómo procesarlo y teñirlo con tintes naturales. Esa mujer cuida de su nieta, porque a su hija, la madre de la niña, la mataron. ¿Qué opina ella de la marcha y el paro? ¿Cómo vive ella todo esto en el campo? Le pregunté a mi amiga cuando veníamos en el metrobus. “Que qué bueno que lo hagamos, que muchas gracias” me responde. “Que ella va a trabajar en sus tejidos los dos días, por su nieta”. Se queda callada un rato y luego continúa. “¿Sabes? Para ellas los huipiles no llevan flores nada más de adorno, cada flor, por ejemplo, es especial, tiene una historia. Quizá parezca que no se unen al movimiento feminista explícitamente, pero ellas lo viven más que nosotras”. Y viven más el machismo, sumado a la opresión por ser indígenas, me quedo pensando yo.

Terminamos de comer alrededor de 7:30. Los edificios del Zócalo se pintan de morado y aún hay gente. El metro está cerrado. Las pancartas pro-aborto son las que más abundan a las vallas que rodean catedral. Decidimos caminar hacia Hidalgo.


 Ya hay paso peatonal en Madero. En algún momento rompieron la valla que bloqueaba el acceso por Bellas Artes. También hay muchas personas caminando. En su mayoría mujeres de morado o verde, pero también hombres y familias con niños.


Las taquerías están abiertas y hay vendedores ambulantes mostrando sus productos en el suelo. Un grupo de policías mujeres resguarda las puertas sin cristal de una tienda de ropa. Adentro se ven jeans y blusas pintados, pero ninguna otra cosa fuera de su lugar. A la siguiente cuadra algunas mujeres dejaron sus pancartas en la reja de un templo. Nos arrepentimos de no haber hecho lo mismo con las nuestras.


En Bellas Artes las mujeres policías siguen resguardando la valla, pero no hay nadie acercándose. La gente transita por la calle o toma fotografías. Yo vengo pensando en la diversidad de mujeres que venimos hoy a la marcha. Las que no habían marchado nunca, las de la marea verde, las de rostro cubierto, las policías. Las que no quisieron venir porque los recuerdos son muy fuertes. Pienso en lo que estuvo bien y lo que podría ser mejor. En el qué sigue. Siempre el qué sigue. Me distrae un grupo de mujeres que cantan con un micrófono:

Por todas las compas marchando en Reforma
Por todas las morras peleando en Sonora
Por las comandantas luchando por Chiapas
Por todas las madres buscando en Tijuana
Cantamos sin miedo, pedimos justicia
Gritamos por cada desaparecida
Que retumbe fuerte ¡Nos queremos vivas!
¡Que caiga con fuerza el feminicida!
¡Que caiga con fuerza el feminicida!

Y retiemble en sus centros la tierra al sororo rugir del amor
Y retiemble en sus centros la tierra al sororo rugir del amor

Es la “Canción sin miedo”, de Vivir Quintana. Quienes están cantando frente a Bellas Artes son las chicas de El Palomar (o eso creo dicen al terminar).

Sororo rugir. Sí, eso debe ser parte de lo que sigue: el rugir de muchas voces distintas, el rugir de una misma hermandad capaz de reconocer su diversidad.

martes, 30 de abril de 2019

Festival de arte y ciencia El Aleph: el todo es más que las partes

Por tercer año consecutivo la UNAM organiza el Festival de Arte y Ciencia El Aleph. En esta iteración, del 22 al 26 de mayo del 2019, el enfoque está en la complejidad, o cómo el todo es más que las partes. Revisen el programa, hay actividades artísticas, científicas y la mezcla de ambas.

Mariana Benítez, Patricia Vélez y yo (biólogas todas) tendremos el gusto de participar en la mesa de diálogo "Intervenciones de la ciencia en redes biológicas",  el viernes 24 de mayo a las 5 pm. Ahí nos vemos. Por lo pronto, les comparto mi intervención, palabras más, palabras menos, en la conferencia de prensa con la que hoy dio inicio a la divulgación del evento y en la que también tuve la suerte de participar:

Yo trabajo con diversidad genética de plantas. La diversidad genética es algo así como el átomo de la biodiversidad. Son las diferencias en el ADN de los individuos, que nos hacen diferentes entre sí a pesar de que todos somos parte de la especie Homo sapiens. Estas diferencias constituyen el primer nivel de la biodiversidad, a partir del cual esta emerge como un fractal que forma poblaciones, especies, comunidades y ecosistemas.

Pero antes de hablar más de la diversidad genética quiero tocar el tema de este festival: arte y ciencia. Me encanta la idea porque yo siempre las he visto como actividades similares, aunque muchos se empeñen en plantearlas como antagónicas. La mayor similitud que está en que ambas las hacemos seres humanos a través de procesos mentales y emocionales parecidos, si no es que iguales. Miren si no esta frase de Matisse: “Cada vez que hago algo satisfactoriamente me digo a mi mismo: ‘Ya está, lo tengo, lo he entendido’. Pero no, no he aprendido nada. La conclusión de una pintura es otra pintura” ¿No les parece que lo mismo pasa con la ciencia? ¿Qué la conclusión de una investigación, de generar conocimiento, es otra investigación, es caer en la cuenta de cuánto aún no conocemos? Y a quienes creen que el arte es pura creatividad liberada y la ciencia método y rigor... piensen: ¿a cuánto esfuerzo, a cuántos ensayos, a cuánto tedio se someten las y los bailarines para llegar a presentar una danza? Aplaudo entonces que la UNAM organice un festival donde las artes y las ciencias nos veamos a los ojos.

Ahora sí voy a hablar de diversidad genética, pero para no perder el hilo del arte, retomo la idea de entender la ciencia como un cuadro impresionista. Esta idea la utilizó José Gordon, aquí presente, en en su introducción al festival El Aleph, citando al físico Robert Laughlin. Hacer un acercamiento a un gen como ver un puntito de un cuadro impresionista, nos dice mucho sobre el gen, pero poco sobre cómo funciona un organismo. Y sin embargo en la interacción de los genes de nuestro genoma (unos 20,000 en humanos) entre sí y con el ambiente, es que se desarrolla un organismo y que realiza sus funciones diarias. Esto podemos entenderlo solo al alejarnos del cuadro para ver las figuras de la pintura emerger de la complejidad de puntitos. La metáfora me encanta, pero ¡ah!, hay algo que yo agregaría para hablar propiamente de diversidad genética: el tiempo. La variación genética es la base sobre la que opera la evolución. Evolución significa cambio, y por ende la podemos ver de una generación a otra, cada vez que la frecuencia de ciertas variantes genéticas aumenta o disminuye en una población. Entonces nuestros puntitos impresionistas pueden cambiar de color: ya no estamos viendo una pintura, sino una película. Esto agrega una nueva capa, la temporal, de complejidad e implica que así como podemos hacer un acercamiento o alejamiento visual del cuadro, también podemos ver la película en una escala temporal corta o larga. Al igual que con el efecto de alejarnos del cuadro, sólo al ver la película desarrollarse en un período largo de tiempo es que podemos entender verdaderamente el proceso evolutivo.

En la mesa en la que participaremos el 24 de mayo vamos a hablar, entre otras cosas, sobre cómo podemos utilizar a la diversidad genética y los procesos evolutivos para incidir sobre los complejos problemas ambientales que causan las actividades humanas sobre el planeta. Mariana trabaja en agroecología, particularmente a nivel de paisajes. Le interesa entender cómo lo que ocurre en una parcela depende no sólo de la parcela, sino de la matriz en la que se encuentra. Patricia trabaja con hongos microscópicos, de los cuales apenas comenzamos a conocer su verdadera diversidad y distribución gracias a herramientas moleculares.









viernes, 19 de octubre de 2018

Las plantas invisibles

Últimamente pienso mucho en las plantas invisibles. Se parecen a mis amigos invisibles en que en realidad sí puedo verlas, pero a diferencia de mis amigos invisibles, otras personas también pueden verlas si se las señalas. Son las plantas que crecen silvestres en las banquetas, camellones y hasta tejados de la ciudad.

Me dan ganas de decirle a todos los peatones y peatonas apresuradas de la CDMX que voltén a verlas. Quiero decirle a la Cuadrilla Podadora del Gobierno de la CDMX Trabajando para Usted que detenga su podadora automática, que eso no son malas hierbas ni empobrecen el paisaje. Todo lo contrario, miren ustedes queridos y queridas trausentes y Cuadrilla Podadora del Gobierno de la CDMX Trabajando para Usted, esas plantas son flores silvestres nativas de México, algunas son incluso parientes de nuestros cultivos. Ahí donde están llegan insectos, y llegan siguiéndolos pájaros, y también colibriés que buscan el néctar. Y entonces ese parche de vegetación no es un terreno valdío, sino un pequeño oasis.

No todo lo que brilla es oro, y no todo lo que es verde es la mejor naturaleza para la ciudad. Muchas, quizá la mayoría, de las plantas ornamentales que tapizan nuestros parques y jardines no tiene flores ni semillas que le gusten a las especies de aves e insectos nativos de México. Por eso hay menos animales donde están esas plantas ornamentales sacadas de AutoCAD, que donde están las plantas que crecen silvestres. Quienes no me crean hagan el experimento: voltear a ver a las plantas invisibles y contar cuántas otras formas de vida estarán cerca.

lunes, 9 de julio de 2018

Qué hay de nuevo en mi balcón

Varias plantas que les gustan a los colibríes pero que aún no dan flor.


Echeverias y las orugas de una mariposa verde (Callophrys xami) que se las comen.






Pinzones mexicanos de tonos amarillos (el más común es rojo, a estos les deben faltar carotenos) que vienen a comer semillitas de un ramillete que colgamos en la ventana. Llegan como 7:30 de la mañana, desayunamos justos pues.



Los amarantos que ya germinaron sobre la maceta larga frente a la puerta. Tendré que irlos cortando como quelites pues sembramos de más y una maceta tan pequeña no aguantará tantos.


Abejitas silvestres de vuelo errático y veloz que nunca lograré fotografíar.

Cactus varios en macetitas colgadas de la pared, que aguantan como campeones el sol implacable que pega a esa altura.




También es temporada de grillos y el musgo de algunas macetas ya se puso verde. Eso más todo lo vivo que mis ojos no ven.



Nuestro balcón, que también es el pasillo por el que llegamos a nuestra puerta. Un universo de 80 cm de ancho por unos cuantos metros de largo.