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domingo, 2 de febrero de 2014

Cállate

Cállate cerebro. Que sí hay mañana. Que sí hay futuro. Pregúntale a la historia y verás. No, no le preguntes a los periódicos, que el presente parece más de lo que nuestra infinita pequeñez puede contener en el cuenco de la mano. No sé cuál es la solución al narcotráfico, no sé como se rompe la espiral de la violencia. Tal vez otros sí ¿Con qué ecuación se sale del abismo a donde tenemos arrojado al país? No sé. Y sin embargo sé que sí hay futuro. Casi por necedad, pero más por la certidumbre de la historia. Por ver sociedades recuperarse del imposible. No sé cómo, no sé con cuántas cicatrices ni en cuántas generaciones, pero se puede. Y a veces es eso, cerebro, el impulso que hace falta: saber que la solución existe.

sábado, 25 de enero de 2014

La vida da vueltas

La biodiversiad se mueve. Su distribución real no es esa que vemos en el presente, sino un continuo de contracciones y expansiones causadas por los ciclos glaciales/interglaciales que el clima terrestre ha atravesado a lo largo de los últimos miles de años.

Alguna vez expliqué el efecto de las fluctuaciones del Pleistoceno (últimos dos millones de años) con un ejemplo de las montañas mexicanas. Pero hoy quiero contar cómo la biodiversidad también se ha movido más allá de los cambios climáticos del Pleistoceno. El clima de la Tierra hoy y hace 60, o hace 30 millones de años no es el mismo. La forma de los continentes no es la misma. Las montañas no son las mismas. Los ecosistemas no son los mismos. Los dinosaurios ahora son pequeños, están cubiertos con plumas y vuelan. Nada pareciera lo mismo, y sin embargo, en algunos lugares existen relictos de la vegetación que alguna vez fue.

El bosque de laurisilvia, colgado en las zonas húmedas a 400-1000 msnm de de Islas Canarias, es uno de esos sitios. Una no lo imagina al primer vistazo. Parecen bosques de niebla como tantos otros.

Bosque de laurisilva en Teno, Tenerife.

Similar a los bosques mesófilos mexicanos, pero más frío, sin helechos arborescentes y dominado por cuatro especies de Lauráceas: Laurus azorica, Apollonias barbujana, Ocotea foetens y Persera indica.

Bosque de laurisilva en Anaga, Tenerife. Foto for Paula Meli

Los parientes fósiles de esas especies son los que delatan porqué estos bosques son tan especiales. Los fósiles no están aquí, sino en el Sur de Francia, Italia y algo de España, y tienen 20 millones de años. Demuestran que algo muy parecido al bosque de laurisilva que hoy existe en las Islas Canarias (al oeste de África y más o menos a la altura de Hermosillo, Sonora) cubría Europa durante el Mioceno y Plioceno, antes de que el Mar Mediterráneo existiera. Luego las placas tectónicas continuaron su deriva y el clima se enfrió, tanto que los bosques subtropicales, como los que dejaron los mencionados fósiles, se extinguieron. Pero algunas especies lograron migrar al sur y sobreviven a la fecha las Islas Canarias y algunas otras islas macaronésicas.

Ese es el orígen de la vegetación de Anaga donde ví caracoles caníbales y de los bosques de Teno, que visité ayer por primera vez. Por eso su neblina invita a imaginar pasados remotos y a preguntarse por su biota prehistórica.


Bosque de laurisilva en Teno, Tenerife.

En eso pensaba mientras, de rodillas en una hojarasca rica en materia orgánica, ayudaba a mi colega a desmontar trampas pitfall. Se trata de un muestreo de insectos parte de un proyecto de investigación de mi asesor. Yo trabajo con plantas de la Faja Volcánica Transmexicana, y heme ahí, al otro lado del Atlántico colectado insectos. La excusa sobra: en un futuro cercano busco incorporar artrópodos a la investigación que estoy haciendo. Para entender cómo se mueve la biodiversidad en el espacio y el tiempo necesitamos estudiar varios grupos de forma comparada, no enfrascarnos en la historia de un sólo taxón.

Así pues, yo, la única del laboratorio que trabaja con plantas en vez de insectos, estaba contando patas. Y pocos días antes, mi asesor, quién siempre bromea con lo aburrido que resulta cualquier artículo que involucre secuencias de cloroplasto, estuvo colectando musgos. La biodiversidad se mueve, y la vida da vueltas.

martes, 31 de diciembre de 2013

Caracoles caníbales y escarabajos con aguijón de alacrán

Mientras trabajo los endemismos, mi parte favorita de la biodiversidad, son números en mi pantalla y la evolución son secuencias de ADN con cuyo análisis bioinformático sostengo batallas de fuerza de voluntad. Pero a veces hay que recordarse que la biodiversidad es ese casi fractal de seres vivos distribuidos en el espacio y el tiempo, que interactúan y que transforman procesos químicos relativamente sencillos en una explosión de formas y comportamientos. A veces hay que apartarse de los números y dejarse asombrar por la evolución y su borrachera creativa.

En las últimas semanas me sorprendí con dos especies de las que nunca había oído hablar. La primera es un caracol de concha casi inexistente que habita en los bosques húmedos de Anaga, en las Islas Canarias y la segunda un escarabajo, también de los bosques húmedos, pero de América del Sur.

Plutonia lamarckii (que creo es sinónimo de Insulivitrina reticulata, ah, la taxonomía…) es el caracol. Son fáciles de ver a lo largo de los senderos ecoturísticos de Anaga. Parecen más bien babosas de tan delgada que es su concha, una capa dorada contra la piel gris oscuro o marrón del gasterópodo. Esto fue lo primero que llamó mi atención cuando me detuve a verlos arrastrarse por los tapetes de musgo. Luego me distraje pensando cómo tomaría uno muestras de musgo si quisiera hacer un análisis filogeográfico. ¿Dónde empieza y dónde acaba un individuo en aquel manto continuo que parece cubrir toda la montaña? Alice y Josh, los amigos con quienes recorría el sendero de Cruz de Taganana a Taganana, tampoco caminaban, pero apuntaban sus ojos no al musgo sino a las copas de los árboles en busca de la paloma endémica Columba junoniae. Anaga es uno de esos sitios de alto endemismo dentro de un sitio de alto endemismo. El más diverso de Europa, si permitimos el engaño político de llamar al sitio Europa aunque sea África.

Comenté la concha de los caracoles (ahora sé que es la característica de la familia Vitrinidae, los caracoles de vidrio). Luego notamos que había muchos en el sendero, dejando su rastro plateado sobre las rocas húmedas. Cuidado de no pisarlos. Mira cuántos cadáveres ya hay. Y mira cómo los vivos se agrupan al rededor de los cadáveres ¿sí? Sí. ¿Se los están comiendo? No, espera. Sí, definitivamente sí. Caracoles concha de vidrio caníbales carroñeros:



¿Serán solo carroñeros o cazan y matan a los de su propia especie? Cuando menos los vimos atacarse entre sí en luchas que no dudo pueden llegar a muerte. Aquí un video, cortesía de Alice Risley:


 


Caracoles caníbales. Noticia viaja para los malacólogos. Una búsqueda veloz por internet me enseñó que Triplofusus giganteus, el caracol marino gigante de Florida, también es un depredador que puede atacar a su propia especie (Dietl 2003);  y que seguir el rastro de mucosa de otros caracoles y babosas es la estrategia de caza del caracol terrestre Euglandina rosea (imagino por eso llamado caracol lobo), especie que no ataca a sus conespecíficos (Shaheen et al 2005). Y así comencé a engendrar hipótesis evolutivas e imaginé experimentos que nunca haré pero a los que dediqué una la placentera fantasía de una tarde.

Ahora paso a la segunda especie de la que quería hablar. El curioso caso de Onychocerus albitarsis: el escarabajo con aguijones, como de alacrán, en la punta de las antenas. A Onychocerus albitarsis no lo he visto en vivo. Llegué por que James Kitson mandó el artículo "Convergent evolution in the antennae of a cerambycid beetle, Onychocerus albitarsis, and the sting of a scorpion" (Berkov et al. 2008) a un grupo de colegas y a mí. Imagino que detrás del artículo hubo un grupo de biólogos que estaban haciendo otra cosa en el bosque húmedo de Perú cuando no resistieron evaluar más de cerca (dígase con microscopía electrónica) a esta especie. Y con razón:


Arriba, el escarabajo Onychocerus albitarsis, la flecha señala el aguijón. Abajo, un dedo inflamado tras la picadura. Imagen del artículo "Convergent evolution in the antennae of a cerambycid beetle, Onychocerus albitarsis, and the sting of a scorpion", derechos reservados para Springer-Verlag.



A la izquierda, el aguijón de un escorpión. En medio, el aguijón de Onychocerus albitarsis. A la derecha otra especie de escarabajo cercana, sin aguijón. Imagen del artículo "Convergent evolution in the antennae of a cerambycid beetle, Onychocerus albitarsis, and the sting of a scorpion", derechos reservados para Springer-Verlag.

Ni de lejos muy venenoso, pero suficiente para hinchar un dedo e imagino desalentar a un depredador. La sorpresa no es la toxina, muchos escarabajos sueltan un líquido defensivo en forma de spray (cosa que por cierto un Carabus faustus o C. abbreviatus tuvo a bien recordarme en el mismo sendero de los caracoles), sino que esta especie lo administre con un aguijón, como los alacranes. Mi nuevo ejemplo favorito de convergencia evolutiva.

Sí, es una curiosidad del mundo natural, como la de los caracoles caníbales de Anaga. Pero historias así, de esta realidad siempre más fantástica que la ficción, son las que encienden el ánimo de quienes nos dedicamos al estudio y conservación de la biodiversidad.



Referencias

Berkov A, Rodríguez N, Centeno P (2008) Convergent evolution in the antennae of a cerambycid beetle, Onychocerus albitarsis, and the sting of a scorpion. Naturwissenschaften, 95, 257–261.

Dietl GP (2003) First report of cannibalism in Triplofusus giganteus (Gastropoda: Fasciolariidae). Bulletin of marine science, 73, 757–761.

Shaheen N, Patel K, Patel P, Moore M, Harrington MA (2005) A predatory snail distinguishes between conspecific and heterospecific snails and trails based on chemical cues in slime. Animal Behaviour, 70, 1067–1077.